Editorial: “Los lectores también escriben”

Ernesto Bertoglio expone su óptica en alusión a la situación financiera actual a nivel país.

Finalmente, el domingo 1 de septiembre, mediante un sorpresivo DNU, el gobierno de Macri implementa finalmente el control de cambios. Tarde… muy tarde.

El control de cambios, es decir, la restricción a la compra de dólares, lo que los medios de comunicación del establishment económico y financiero denominaron “cepo al dólar”, comenzó a implementarse en 2011, cuando la entonces presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, y la entonces presidenta del Banco Central de la República Argentina (BCRA), Mercedes Marcó del Pont, percibieron que la fuga de capitales y dólares que se venía gestando en el país era insostenible.

Cuando el actual Gobierno, el 16 de diciembre de 2015, a seis días de asumir, decidió terminar con el control de cambios, fue como abrir la caja de Pandora. 

Ahí, en ese instante, comenzó a gestarse lo que sería y será una tragedia económica y social sin precedentes en nuestra historia. Quien aquí escribe mira para atrás y le dan ganas de llorar…

Porque ese fue el nudo central, lo que desató todos los males; la apertura financiera y cambiaria total, es decir, la eliminación de las regulaciones cambiarias, financieras y comerciales que permitieron que actores especulativos, locales y extranjeros, arrasaran con un país en menos de cuatro años. 

La pobreza en la infancia y adolescencia alcanzó el 51,7%, la cifra más elevada de la década. El riesgo alimentario en la infancia se incrementó un 35%.

Terminó así, como no podría ser de otra manera, terminó mal; empobrecidos, en recesión, en default, al borde de una hiperinflación, y con los pibes y pibas desmayándose de hambre en las escuelas. Ese es el saldo de la irresponsabilidad, del capricho, ese es el saldo de una realidad desoladora. Nada quedó en pie.

La apertura cambiaria y financiera para la fuga de dólares iniciada a fines de 2015 se financió con deuda externa hasta que en abril de 2018, previendo la insolvencia del país, los mercados financieros internacionales le cerraron las puertas del endeudamiento al actual gobierno y a su vocero financiero Luis “Toto’’ Caputo.

No tuvieron mejor idea entonces que seguir endeudándonos, ahora con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y un impagable acuerdo stand by por 57 mil millones de dólares. Desde ese momento, una feroz devaluación crónica de nuestra moneda derivó en una estampida inflacionaria que arrojó a millones al hambre y a la pobreza, matando el consumo interno, cerrando miles de industrias y comercios, lo que dejó a miles en la calle sin trabajo. Para que el dólar no se les escapara, intentaron desde un principio tentar a inversores, empresas y bancos con la renta financiera en moneda local (LEBAC, LECAP, LELIQ, plazo fijo, etcétera), y así mataron el crédito productivo subiendo descomunalmente la tasa de interés (hoy la tasa llega al 85%, la más alta del mundo).

Para financiar la fuga de dólares, fuga que desde 2016 a hoy asciende a nada menos que a 133 mil millones de dólares, contrajeron deuda hasta más no poder; en menos de cuatro años tomaron deuda irresponsablemente por un monto de 187 mil millones de dólares, y la deuda en moneda extranjera, que representaba el 36% del PBI en 2015, pasó a representar el 90% (aprox.) del PBI, es decir, casi el total de todo lo que se produce en Argentina. Comprometieron así el bienestar y la sustentabilidad económica de generaciones presentes y futuras. 

Dejaron en ruinas al país. Hambrearon a millones por un capricho: el de permitir comprar tantos dólares como se quisiera, en un país vulnerable a la fuga de divisas mediante la especulación financiera de una minoría ricachona, improductiva y codiciosa. 

No tienen perdón. ¡No tienen perdón! Aprendamos, por favor. Aprendamos y digámosle nunca más a los modelos basados en la especulación financiera. Porque el hambre, el desempleo, arruinarle la vida a millones de personas, es un flagelo que no tiene vuelta atrás.

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