Acuerdo UE-Mercosur: Un certificado de Defunción para la Industria Nacional

Todo acuerdo de libre comercio debe realizarse bajo un escenario en donde las condiciones sean parejas para ambas partes, de lo contrario, representará la destrucción de la fuerza de producción nacional.

A modo de resumen, exhibiremos algunas de las razones por las cuales entendemos que este acuerdo, en caso de concretarse, representará la destrucción de lo que aún queda de la industria nacional.

Se habla de intercambio de productos libres de aranceles. Esto es, retirar los gravámenes que pesan sobre las importaciones, tanto nuestras como las de ellos, bajo la falsa idea de que de esta forma “serán más accesibles” y, si bien es cierto que los impuestos son una gran carga sobre el precio final de todo producto, más aún cuando es importado, en un país en donde el precio del dólar supera ampliamente los $40, no existe manera posible de que la “accesibilidad” realmente se cumpla.

No hay manera de que el ingreso de la tecnología europea pueda tener valores accesibles para el consumo social en un país en donde la inflación supera los 40 pts. Mucho menos cuando la devaluación y el aumento del dólar son la única moneda corriente.

En este caso, los únicos beneficiados serían las pocas familias que poseen capitales valuados en monedas duras, que pueden ahorrar en divisas extranjeras y que, casualmente, fueron los principales beneficiados de la megadevaluación implementada por la actual gestión nacional desde el primer día que pusieron un pie en el Banco Central.

Pero no nos adelantemos, hagamos un poco de historia.

Desde la creación de la División Internacional del Trabajo, las grandes potencias mundiales se encargaron de decidir qué país producía qué cosa y para lograr esto en plena era colonial, sólo hizo falta convencerlos de que cada quien debía explotar los recursos que la naturaleza les había dado.

A partir de esta premisa, Inglaterra dominó a sus colonias sometiéndolas a la agroproducción, mientras que ellos desarrollaban tecnologías a partir de la industria y sus revolucionarios métodos de industrialización.

En un país con tan buenas condiciones para el cultivo como el nuestro, jamás se le iba a ocurrir a la oligarquía desarrollar la industria y apostar a ser un país que pueda competir con Europa. De allí la construcción de las relaciones carnales entre la Oligarquía Nacional Terrateniente y sus pares ingleses.

El objetivo de esa burguesía rural fue siempre ser el granero del mundo, a pesar de tener la posibilidad de crecer y ser un almacén. Pero no, eso no, porque eso representaba tener más empleados en el rubro con mayor índice de precarización laboral, generar relaciones de dependencia, tributar más y vender productos con un mínimo nivel de manufacturación. Qué les importa el precio de los cueros a las 100 familias más ricas del país cuando son ellos quienes producen las vacas.

Los países del Mercosur no están en condiciones de competir en igualdad de posibilidades contra la industria europea, principalmente porque fueron pocos los que tuvieron procesos de desarrollo industrial como el nuestro o el de Brasil.

¿Qué puede ofrecer en materia de tecnología de punta un país como el nuestro, o como Paraguay?, ¿Qué podemos ofrecer que no tengan ellos? La tecnología alemana es un claro ejemplo de ello y la respuesta a ello es simple: alimentos.

Europa promete en los próximos 10 años reducir en un 90% los aranceles a las exportaciones de granos, convirtiéndonos así en su verdadero patio trasero. A cambio, las importaciones provenientes de Europa prometen similares condiciones. El ingreso de tecnología suena prometedor, pero en un país en donde el 70% de la masa laboral depende directamente de las PyMES, es una sentencia de muerte para los miles de puestos de trabajo que aún quedan en pie.

La soberbia del dinero: Industria vs. Campo

Como ya dijimos, los únicos beneficiarios de este tipo de acuerdo son los empresarios que manejan la soja, el trigo y el ganado, quienes fueron los primeros en manifestar su algarabía respecto de este acuerdo.

El apellido “Grobocopatel” quizás no sea tan conocido para el común de la gente, pero se trata de uno de los principales productores de soja a nivel internacional. Tanto es el beneficio que encuentra en este acuerdo, que durante la segunda semana de Junio cometió el primer sincericido. Según sus propias declaraciones, aseguró que “hay que permitir que haya sectores que desaparezcan”, en relación a los daños colaterales que este acuerdo podría generar. ¿A qué se refería?

En los ’90, el ex Ministro de Economía, Domingo Cavallo, le pidió a uno de los máximos fabricantes de calzado a nivel nacional que “empezaran a importar”, ya que los precios de los productos importados era tan bajo con la convertibilidad que era imposible fabricar y sostener un producto de calidad. El resultado ya lo conocemos, despidos masivos y cierre de fábricas. “Pónganse a importar”, lo leas ayer u hoy, las palabras de Grobocopatel son las mismas que las de Cavallo.

Según un informe de la consultora Ecolatina, este tratado será beneficioso para el sector agroindustrial dependiendo de qué “reglamentaciones y excepciones se hagan al mismo, además de cómo y a qué velocidad el país se ajuste a los estándares globales de legislación impositiva y laboral”. Esto se explica en las potencialidades que cada mercado le ofrece al otro. Nosotros vendemos comida, ellos nos venden tecnología. Con similares índices de descuentos en la cuestión arancelaria, pero con valores muy dispares en el precio final de cada producto.

Permitirse que desaparezca una industria es directamente proporcional a la pérdida de trabajo. Lo podemos ver aún hoy en el primer o segundo cordón del Conurbano Bonaerense, quien supo brillar por las luces de las miles de fábricas que debieron cerrar sus puertas ante la imposibilidad de generar un mercado competitivo frente a la marea de importaciones Chinas en la década de 1990.

¿Qué es lo que pretenden entonces? ¿Acaso esperan que se tiren abajo los galpones industriales y se comience a sembrar soja? ¿Criar ganado? ¿Cuántos están en condiciones reales de poder afrontar semejante inversión cuando están situaciones críticas producto del ahogamiento financiero y de las deudas que tienen y no pueden pagar?

¿Cuántos puestos de trabajo genera el campo en comparación con una pequeña ensambladora automotriz? ¿Acaso esto podría generar una disminución cuantitativa en el precio de los alimentos? Imposible, pues nadie elegiría vender en pesos cuando tiene la posibilidad de hacerlo en monedas duras.

La cuestión francesa

Del otro lado del océano pusieron el grito en el cielo. Los productores franceses corren el mismo riesgo que los industriales argentinos. Un alimento sin aranceles representaría el mismo certificado de defunción para ellos, que para nosotros.

Medio centenar de parlamentarios nucleados en el partido “Los Republicanos”, un espacio político de la derecha conservadora, rechazaron el acuerdo comercial alcanzado recientemente entre la Unión Europea y Mercosur en un artículo publicado este domingo 7 de Julio, en el diario francés “Le Parisien”.

Las movilizaciones ya comenzaron. Los principales funcionarios de aquel país consideran que el tratado “es contrario al interés nacional” y proponen “crear una barrera para impedir la importación desde países que no respetan las normas medioambientales”.

Consideran además que este tratado “daría el golpe de gracia” a los agricultores y ganaderos franceses y prometen movilizarse “en la Asamblea Nacional y en el Parlamento Europeo” para que este “funesto acuerdo no sea ratificado”.

Entre los firmantes figura el diputado y candidato a la presidencia del partido, Guillaume Larrivé, y el eurodiputado y exministro del Interior Brice Hortefeux.

Hablamos de un acuerdo que se anunció con bombos y platillos, pero del cual se conoce muy poco de su detalle. Las estimaciones son sumamente desalentadoras para nuestra economía, pero se estima que las condiciones acordadas sean peores de lo que uno se imagina. Representa un certificado de defunción para la industria Argentina.

Este acuerdo representa volver al siglo XIX, al pacto Roca-Runciman, o peor aún, al Consenso de Washington en los ’90. Ese acuerdo que rezaba que “toda aquella industria que no pueda adaptarse, desaparecerá”.

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